Me imaginé a mí mismo, solo en la villa, escuchando el llanto de un recién nacido que me recordaría, con cada respiración, el precio de su existencia. No. No era nobleza. Era una tortura que ella no tenía derecho a pedirme.
—Señor, por favor —la enfermera sonaba un poco más urgente—. Debo llevar esto al quirófano.
Tomé el bolígrafo. Mis nudillos estaban blancos. El bolígrafo temblaba sobre el papel. Isabella creía que yo era un héroe. Ella escribió en su diario que yo era un hombre de rescates,