Narrado por Gabriel Calvelli
El hospital de Basilea era un laberinto de cristal y luces blancas que me quemaban las pupilas. El tiempo se había convertido en una sustancia viscosa, algo que se estiraba hasta el infinito mientras el cartel luminoso de la zona quirúrgica seguía en rojo. Cada minuto era una puñalada de incertidumbre.
Mis amigos estaban distribuidos por la sala de espera como estatuas de sal. Liam caminaba de un lado a otro, contando sus propios pasos; Noah tenía la cabeza entre la