El trayecto en la camioneta desde el hotel hasta la casa fue el funeral de lo que habíamos construido entre las sábanas y el vapor de la tina. Isabella no miró hacia mi lado ni una sola vez; mantenía la vista fija en el paisaje urbano de Thalassa, con la mandíbula apretada y esa expresión de acero que solo usaba cuando estaba a punto de explotar o de cerrarse para siempre. Yo apretaba el volante con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos, odiándome por haber soltado esas palabras, pero c