La noche en la casa fue un ejercicio de tortura psicológica. Isabella no salió a cenar. No bajó por agua. No hizo ni un solo ruido que delatara su presencia tras la madera de su puerta. Lucas y yo cenamos en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el sonido metálico de los cubiertos contra los platos. Él me lanzaba miradas de reproche cada cinco minutos, pero yo me mantuve firme en mi mutismo, oculto tras una coraza de orgullo que empezaba a pesarme como si fuera de plomo.
Me acosté tempra