La llegada a la Estación 314 fue un suplicio para los músculos de Isabella. Al bajar de la camioneta, tuvo que sujetarse del marco de la puerta con una fuerza disimulada para que sus rodillas no cedieran. Gabriel, que caminaba un paso por delante con esa zancada de sargento que parecía no conocer el cansancio, ni siquiera se giró para ayudarla, aunque ella sabía perfectamente que él estaba disfrutando de su victoria silenciosa.
En el hangar, el ambiente habitual de café y risas matutinas se det