El sol de Thalassa no tiene piedad. Entró por las rendijas de la persiana de Gabriel como una hilera de cuchillos dorados, obligándolo a parpadear. Lo primero que sintió fue el peso de un brazo delgado sobre su pecho y el aroma a jazmín y sudor que impregnaba las sábanas. Se quedó inmóvil un momento, disfrutando del silencio, antes de que el entrenamiento de veinte años se impusiera.
Gabriel se levantó con una agilidad felina, tratando de no hacer crujir los resortes del colchón. Se vistió con