Gabriel finalmente se giró. Sus ojos, oscuros como el carbón encendido, recorrieron el cuerpo de Isabella de arriba abajo. Verla con su propia camisa, esa prenda que llevaba su aroma y que ahora envolvía la piel de la mujer que lo traía de cabeza, fue el golpe final a su autocontrol. La tela blanca transparentaba ligeramente su silueta bajo la luz lunar, y el contraste entre la masculinidad de la camisa y la delicadeza de ella era devastador.
—¿Ah, sí? —preguntó Gabriel, dando un paso hacia e