Narrado por Gabriel Calvelli
El aire de la mañana en el hangar todavía olía a celebración, o quizá era solo mi imaginación jugándome una mala pasada. Llevaba el anillo de bodas en el dedo y, cada vez que el metal rozaba el volante de la unidad o una herramienta, sentía una descarga de electricidad que me recordaba que ya no estaba solo. Isabella se había ido hacía una hora a la oficina del distrito para entregar los formularios finales de la custodia de tránsito de Dominic. Se veía radiante,