La ceremonia fue breve, pero cada palabra pesaba como el oro. Cuando llegó el momento de los votos, no necesité un papel.
—Bella —dije, sosteniendo sus manos pequeñas entre las mías—, pasé años apagando fuegos para no sentir el frío de mi propia soledad. Pensé que mi corazón era un edificio en ruinas hasta que llegaste tú. No me importa de dónde vienes, porque sé exactamente a dónde vamos. Te prometo que mi casa siempre será tu refugio, que mi hombro será tu descanso y que nunca, mientras yo