El amanecer en la Estación 314 trajo consigo un aire de expectación que se podía cortar con un cuchillo. Yo había llegado a las seis de la mañana, dos horas antes de mi turno, solo para asegurarme de que el café fuera de la mejor mezcla de la ciudad y que los cronogramas estuvieran tan perfectos que nadie tuviera excusa para quejarse.
A las ocho en punto, el auto de las chicas estacionó frente al hangar. Vi a Isabella bajar, moviéndose con una g