La fiesta en el hangar de la 314 empezaba a languidecer. Los globos de helio rozaban el techo, perdiendo fuerza, y el eco de las risas de Liam y Nicolás se desvanecía conforme los equipos se retiraban a sus literas o a sus casas. Me sentía ligero, casi eufórico. Había gritado la verdad, Isabella estaba a salvo y, por primera vez en años, sentía que el aire no me quemaba los pulmones.
Caminé hacia ella, que estaba terminando de despedirse de Emma