El hospital central de Thalassa olía a una mezcla asfixiante de antiséptico y café quemado. Me encontraba sentado en una de las sillas de plástico de la sala de espera, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, apretando tan fuerte que mis nudillos blancos parecían a punto de estallar. Seguía llevando el uniforme de bombero, manchado de hollín, ceniza y esa mancha de sangre en el hombro que no era mía, sino de ella. Cada vez que cerraba los o