—¿Emma estuvo aquí? ¿A las tres de la mañana? —mi voz salió apenas como un susurro—. ¿Y tú la dejaste irse así?
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que la encadenara a la pata de la cama para que tú pudieras seguir jugando a ser el Capitán de Hielo? —Lucas se acercó a mí, señalándome con el dedo—. Ella estaba destrozada, Gabriel. Tenía los ojos hinchados de llorar, pero caminaba con la espalda recta, como si estuviera yendo a una guerra. Me dijo que no podía seguir viviendo bajo el mismo techo que un