Llegar a la estación esa mañana fue como entrar en una cámara frigorífica. El aire no solo estaba fresco por el sistema de ventilación, sino cargado de una hostilidad silenciosa que se pegaba a la piel. Bajé de la camioneta junto a Lucas, quien ni siquiera me dirigió la palabra durante el trayecto. Suspiré, ajustándome la gorra del uniforme y tratando de recuperar esa postura de mando que sentía que se me escurría entre los dedos.
Al cruzar el hangar, vi a Emma y a Mía revisando el equipo del c