Kereem se bajó del auto mientras un montón de hombres lo escoltaban hasta entrar en el edificio de aquella clínica, a solo unos kilómetros del búnker.
Su respiración le quemaba la garganta, y en vez de caminar casi corrió, hasta que Asad se le atravesó en el camino.
—Emir…
—¿Dónde están? —el silencio que se hizo fue demasiado para Kereem, y en el momento solo sintió como si se estuviese quemando vivo—. Asad…
Su voz se le quebró completamente. Asad se hizo a un lado y comenzó a caminar para dirig