Zahar escuchó el teléfono de aquella suite a las once de la noche, y aunque estaba en el balcón con la piel helada, frunció el ceño y dejó caer la llamada. Sin embargo, quien estaba detrás, volvió a insistir.
Descalza caminó rumbo al teléfono en la mitad de la suite y se puso delante del aparato, para tomarlo y colocárselo en la oreja.
—¿Sí?
—Señorita Zahar… vuelva a alistar su maleta… mañana, a primera hora, la recogeremos en la suite…
Zahar frunció el ceño y abrió la boca.
—¿A dónde iré?
El s