CAPÍTULO 54

Las horas pasaron en un borrón de dolor y confusión. Sanem apenas era consciente de las voces que llegaban hasta ella, las preguntas y preocupaciones de quienes la rodeaban. Todo parecía distante, como si estuviera observando su propia vida desde lejos.

Finalmente, se volvió a levantar y se colocó una bata encima, y caminó por el palacio, notando que eran las diez de la noche. Le ardía la mano, pero fue hasta el espacio favorito de Kereem y se sirvió un trago.

—¿Necesitas algo, Sanem? —Sanem se
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