Se le cortó la respiración y sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ahí estaba de nuevo, esa atracción magnética entre ellos, intensa e implícita, que los acercaba incluso cuando las palabras fallaban. Se aclaró la garganta, obligándose a concentrarse de nuevo. —Bueno, gracias —dijo otra vez, con la voz más baja esta vez.
La mirada de Leo se suavizó y dio un pequeño paso hacia ella, manteniendo aún una distancia respetuosa. —Cuando quieras —murmuró—. Pero dime, ¿de verdad te vas ya? Podría