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No lo hizo. Era imposible mentir ante el deseo que los había llevado a ambos a esa cama. —No creo que sea tan sencillo —dijo con pesar—. Siempre hay… otras consideraciones.

—Ambos somos adultos —argumentó él con arrogante seguridad—. No tenemos que rendir cuentas a nadie más que a nosotros mismos por lo que hacemos. Sonrió de nuevo—. Y no me digas que esto no estuvo bien. ¡Estuvo genial! No hay razón para lamentarse.

Tenía razón, pensó Susan. Estuvo genial, pero aún sentía que había hecho algo m
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