El aire en el desfiladero de los Pinos Negros era tan denso que parecía congelarse a mitad del camino hacia los pulmones.
A ambos lados del barranco de piedra, el silencio se rompía únicamente por el crujido de las ramas cargadas de escarcha y el susurro helado del viento que soplaba desde las cimas. En la franja de nadie, separados apenas por unos metros de nieve virgen, dos mundos totalmente opuestos se miraban fijamente, con las manos apoyadas en las empuñaduras de sus armas.
Por un lado, la