Los meses pasaban con la velocidad de una exhalación en el Territorio Obsidian, medidos no por las campanadas de una catedral, sino por los ciclos de la luna roja que dominaba el cielo de las tierras salvajes.
En la choza de medicina, el cambio en Kaelia era ya innegable.
Su vientre, turgente y abultado bajo las túnicas de lino basto, evidenciaba un estado avanzado que desafiaba cualquier norma biológica común. Apenas habían transcurrido cuatro meses desde su llegada al campamento, pero el peso