Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl aire en las profundidades de la mazmorra se volvió denso, casi sofocante.
Las horas avanzaban con una lentitud agonizante. Kaelia permanecía sentada sobre la paja helada, con la espalda apoyada contra el regazo de la anciana Elena. Sus manos no abandonaban su vientre; era un gesto inconsciente pero posesivo, un escudo de carne y hueso contra un mundo que ya la había condenado antes de nacer.
—Debes guardar tus fuerzas, niña —le susurró Elena con voz pausada, cepillándole el cabello húmedo con sus dedos temblorosos—. El miedo consume la energía del cuerpo, y tus pequeños necesitan cada gota de tu sangre para aferrarse a la vida.
—Tengo miedo, Elena —confesó Kaelia en un hilo de voz, sintiendo las lágrimas secas picarle en las mejillas—. Mis padres... ellos van a matarme al amanecer. O me venderán a los traficantes de la frontera. No tengo a dónde ir. No tengo poder. Mi loba ni siquiera puede manifestarse para defenderme.
—Tu loba no ha despertado porque tu alma ha estado encadenada por el dolor —respondió la anciana con firmeza—. Pero la sangre que llevas dentro no es común. La Luna no comete errores, Kaelia. Si te dio esta carga, es porque tienes la fuerza para llevarla.
Antes de que Kaelia pudiera responder, un chasquido sutil resonó al final del pasillo de piedra.
No era el andar pesado y descuidado de los guardias borrachos de MoonBlack, ni los pasos torpes de sus falsos padres. Eran pisadas ligeras, calculadas, acompañadas por el suave roce de telas finas sobre el suelo sucio.
Elena se tensó de inmediato, empujando a Kaelia detrás de su cuerpo.
De las sombras del corredor emergió una figura envuelta en una capa de seda oscura con bordados de plata. Al retirarse la capucha, la luz tenue de la antorcha reveló el rostro de Ginger. Su cabello cobrizo brillaba como brasas en la penumbra, y sus ojos verdes, fríos y calculadores, barrieron el calabozo con absoluto asco.
Detrás de ella, dos guardias de élite de la manada MoonBlood, cubiertos con armaduras negras y rostros inexpresivos, custodiaban la entrada.
—Vaya, qué espectáculo tan lamentable —dijo Ginger con una sonrisa ladeada, ajustándose los guantes de piel—. La rata que arruinó mi vestido en el salón principal está enjaulada donde pertenece.
Kaelia contuvo el aliento, pegándose a la pared de piedra.
Ginger hizo una seña con la mano, y uno de los guardias utilizó una llave magistral para abrir el cerrojo de la celda sin hacer el menor ruido. La puerta se abrió despacio. Ginger dio un paso hacia el interior, sosteniendo entre sus dedos un pequeño frasco de cristal que contenía un líquido violeta y humeante.
—¿Quién eres tú y qué quieres aquí? —desafió Elena, poniéndose de pie con dificultad y bloqueándole el paso a la intrusa.
—Apestas a decrepitud, anciana —respondió Ginger sin siquiera mirarla. Con un movimiento rápido de su mano libre, le propinó un golpe con el pomo de un daga oculta en su muñeca.
El impacto dio de lleno en la sien de Elena. La vieja sanadora soltó un quejido y cayó inconsciente sobre la paja.
—¡Elena! —gritó Kaelia, intentando inclinarse hacia ella, pero Ginger avanzó con rapidez y la sujetó de la barbilla con una fuerza que desmentía su delicada apariencia.
Las uñas de Ginger se clavaron con crueldad en la piel suave del rostro de Kaelia, obligándola a levantar la mirada.
—Mírate —susurró Ginger, examinando las facciones de Kaelia con una mezcla de fascinación y odio puro—. Cuando interrumpiste el banquete, vi cómo mi Rey te miraba. Había algo en sus ojos... un destello que la magia que le administró le cuesta borrar cada vez que estás cerca.
Ginger se inclinó más, acercando su rostro al cuello de Kaelia. Olfateó profundamente.
En ese preciso instante, los ojos de Ginger se abrieron de par en par. La falsedad de su rostro se desvaneció, reemplazada por una máscara de rabia desfigurada.
—Es imposible... —siseó Ginger, retrocediendo un paso como si hubiera visto a un demonio—. Apestas a él. El aroma de su esencia... el Lazo de Sangre. ¡Te entregaste al Rey en la frontera!
Kaelia apretó los labios, manteniéndose en silencio pero sosteniéndole la mirada con un coraje desesperado.
—¿Creíste que serías su Reina? —bramó Ginger en un susurro venenoso, sujetándola del cuello con ambas manos y apretando hasta cortarle el aire—. Darek es MÍO. El trono de MoonBlood es MÍO. No voy a permitir que una vil serprentera de frontera, una Omega muerta de hambre, arruine años de preparación y magia.
Kaelia luchó por aire, arañando las muñecas de Ginger, pero la falta de oxígeno comenzó a nublarle la vista. En su vientre, el pequeño pulso de calor volvió a agitarse con violencia, enviando una onda de choque sutil que hizo que Ginger soltara su agarre de golpe, sobresaltada por la resistencia mágica.
Ginger se miró las manos temblorosas y luego fijó la vista en el abdomen de Kaelia.
—Estás embarazada... —dedujo Ginger, y su sonrisa se volvió atroz—. El fruto de esa noche infame crece dentro de ti. Si Darek se entera, el lazo roto intentará restaurarse. No puedo arriesgarme a que tus falsos padres te vendan o te dejen viva en algún lugar donde él pueda encontrarte.
Ginger se giró hacia los dos guardias de la entrada.
—Sáquenla de aquí. Ahora mismo. Usen la salida de servicio del muro norte antes de que cambien las guardias del amanecer.
—¿Cuáles son las órdenes, mi Señora? —preguntó uno de los guardias con voz grave.
—Llévenla a las Gargantas de la Frontera —ordenó Ginger con frialdad absoluta—. Córtenle la garganta y arrojen su cuerpo al precipicio. Que los devoradores de sombras se encarguen de sus restos. Mañana le diré a Darek que la sirvienta huyó por miedo al castigo.
—¡No! ¡Déjenme! —gritó Kaelia, luchando salvajemente mientras los dos guardias de élite la sujetaban de los brazos, colocándole unas pesadas cadenas de hierro frío en las muñecas. El contacto del hierro inhibidor contra su piel le extinguió las pocas fuerzas que le quedaban.
Uno de los hombres le colocó un trapo grueso en la boca, ahogando sus gritos.
Kaelia fue arrastrada fuera de la celda. Echó una última mirada hacia atrás, viendo el cuerpo inmóvil de la anciana Elena sobre la paja, antes de que la oscuridad del pasillo subterráneo la engullera.
El frío del exterior la golpeó como un latigazo.
El cielo nocturno comenzaba a teñirse de un azul oscuro previo al alba. La nieve caída hours antes se había transformado en capas de hielo traicionero. Los guardias la llevaban a marchas forzadas por los senderos rocosos que se alejaban de los límites de MoonBlack, adentrándose en el Territorio Olvidado.
Kaelia tropezaba a cada paso. Las cadenas laceraban sus muñecas, y el frío congelaba el aliento en su garganta. Sin embargo, en medio del terror que la paralizaba, una sola idea repetía en su mente:
«Tengo que sobrevivir. Por ellos. Tengo que salvar a mis hijos».
Tras casi una hora de caminata bordeando desfiladeros oscuros, la comitiva de la muerte se detuvo al borde del abismo. Las Gargantas de la Frontera se abrían ante ellos como una grieta negra e insondable en la tierra. Abajo, a cientos de metros de profundidad, el rugido de un río embravecido resonaba contra las rocas.
El guardia que la sostenía la arrojó sin piedad sobre la nieve dura. Kaelia cayó de rodillas, con los codos apoyados en el hielo.
El segundo guardia desenvainó un largo cuchillo de combate. El acero brilló con un reflejo plateado bajo la escasa luz de la luna.
—Lamento esto, chica —dijo el hombre con indiferencia—. Solo seguimos órdenes de la futura Reina.
El guerrero se acercó, tomándola del cabello para inclinarle la cabeza hacia atrás y exponer su cuello blanco.
Kaelia cerró los ojos. En el silencio de su mente, le habló a la pequeña vida que latía en su vientre: Perdónenme... no fui lo suficientemente fuerte.
Pero en el instante preciso en que la hoja del cuchillo rozó la piel de su garganta, un aullido atronador, no de un lobo común, sino un rugido salvaje que pareció hacer temblar las rocas del precipicio, rasgó el aire de la noche.
De entre la niebla espesa del abismo, una sombra veloz como el rayo emergió.
Un enorme lobo de pelaje negro como la noche y ojos de un rojo carmesí encendido se abalanzó sobre el guardia del cuchillo, clavándole los colmillos directamente en la yugular. La sangre caliente salpicó la nieve blanca.
El otro guardia desenvainó su espada con pánico.
—¡Renegados! —gritó el sobreviviente—. ¡Nos atacan los r—!
Antes de que pudiera terminar la frase, dos sombras más saltaron desde los matorrales, derribando al segundo soldado y arrastrándolo hacia la oscuridad del bosque.
El silencio volvió a caer sobre el borde del precipicio, interrumpido solo por el jadeo de la gran bestia negra que permanecía de pie sobre el cuerpo del guardia muerto.
Kaelia, tirada en la nieve, temblaba descontroladamente. El lobo gigante giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos rojos, brillantes y aterradores, se clavaron en la chica encadenada.
La bestia dio un paso hacia ella, olfateando el aire helado.
Kaelia no tenía fuerzas para huir. Su visión comenzó a borrarse por el agotamiento y el frío extremo. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue a la enorme bestia transformándose en la figura de un hombre alto y cubierto de cicatrices, quien se inclinó sobre ella en medio de la nieve.







