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CAPÍTULO 3: El Latido en la Oscuridad

El agua helada filtraba desde las grietas del techo de piedra, cayendo gota a gota sobre el suelo de tierra y paja podrida. Cada impacto resonaba en el silencio de la celda como el tictac de un reloj invisible marcando el tiempo de una condena.

Kaelia estaba acurrucada en una esquina del calabozo, pegando la espalda a la pared húmeda. Sus brazos rodeaban sus piernas instintivamente, intentando retener el poco calor que le quedaba en el cuerpo. El vestido de servidumbre estaba sucio de barro y vino rasgado en la manga tras el violento forcejeo con los guardias en el Gran Salón.

El dolor de los hematomas en sus brazos no era nada comparado con el vacío abrumador que le devoraba el pecho.

Él la había mirado. Sus ojos dorados se habían clavado en los suyos por un segundo fugaz, pero la bruma en su rostro, la frialdad con la que permitió que la arrastraran... todo eso se sentía como una daga clavada lentamente en su corazón.

—No debiste mirarlo a los ojos, pequeña —resonó una voz carraspera desde la penumbra del rincón opuesto de la celda.

Kaelia se sobresaltó ligeramente. En la oscuridad, apoyada contra los barrotes de hierro, se encontraba una anciana demacrada. Llevaba trapos viejos por ropa, pero sus ojos grises, aunque nublados por la edad, conservaban una lucidez extraña y profunda.

—No hice nada malo... —susurró Kaelia con la voz quebrada por la sequedad de su garganta—. Solo fue un accidente.

—En este lugar, que una Omega tropiece cerca de los reyes no es un accidente; es un crimen —respondió la anciana, arrastrándose despacio por la paja hasta quedar a pocos pasos de Kaelia—. Me llamo Elena. Solía ser la sanadora de esta manada, antes de que el Alfa decidiera que mis remedios naturales eran "brujería" y me encerrara aquí a pudrirme.

Kaelia no respondió. Una nueva ola de calor repentino le recorrió el estómago, seguida por un mareo tan agudo que tuvo que cerrar los ojos y apoyar la frente contra sus rodillas. Un gemido de malestar se le escapó de los labios.

Elena la observó con atención. La anciana ladeó la cabeza, olfateando el aire con sutileza. Algo en el aroma de Kaelia no encajaba con el de una simple prisionera asustada. Había una fragancia dulce, dorada y sutilmente imponente que flotaba alrededor de la joven, un pulso que no pertenecía a una loba común.

—Acercarte a mí —ordenó Elena suavemente, extendiendo una mano llena de cicatrices y manchas de edad.

—¿Qué? —preguntó Kaelia con desconfianza.

—Hazlo. Llevas horas temblando y tu aroma está cambiando. Soy sanadora, niña. Sé reconocer el dolor físico del espíritu.

Kaelia dudo por un segundo, pero la debilidad de su cuerpo la obligó a ceder. Se arrastró un par de centímetros por el suelo hasta quedar al alcance de la anciana. Elena tomó la mano helada de Kaelia y luego, con sorprendente delicadeza, colocó sus dedos curtidos sobre la muñeca de la joven para medir su pulso.

La anciana cerró los ojos. Al instante, sus cejas se fruncieron con fuerza.

—Tu pulso está acelerado, pero no por el miedo —murmuró Elena, confundida—. Hay una marea doble en tu sangre...

Sin pedir permiso, la anciana posó su palma abierta directamente sobre el vientre bajo de Kaelia.

En el segundo en que la piel de la sanadora hizo contacto con la tela del vestido de Kaelia, un chispazo sutil de luz dorada, invisible para los ojos comunes pero vibrante para la magia antigua, recorrió la palma de Elena. La anciana retiró la mano como si se hubiera quemado con carbón encendido, ahogando un jadeo de pura estupefacción.

—¡Por la Luna Madre! —exclamó Elena en un susurro aterrorizado, mirando a Kaelia como si tuviera ante sí a un fantasma.

—¿Qué pasa? —preguntó Kaelia, sintiendo que el pánico le oprimía el pecho—. ¿Tengo alguna enfermedad? ¿Me voy a morir?

—No estás enferma, niña —dijo Elena, con la voz temblando por la veneración y el miedo—. Lo que llevas dentro es vida.

Un silencio sepulcral cayó sobre la celda.

—¿Vida...? —repetirá Kaelia, sintiendo que el mundo giraba a su alrededor.

—Estás embarazada —sentenció la sanadora, mirándola fijamente a los ojos—. Y no es un embarazo ordinario. Siento dos latidos distintos. Dos núcleos de poder que están absorbiendo tu fuerza vital para fortalecerse. Llevas gemelos en tu vientre.

Kaelia se quedó petrificada. Sus manos volaron de inmediato hacia su abdomen, cubriéndolo como si quisiera protegerlo del aire frío de la mazmorra. Las palabras de Elena resonaban en su cabeza como un eco distante. Embarazada. Gemelos. La noche de la tormenta... el refugio abandonado... la entrega salvaje en los brazos del Alfa de ojos dorados.

—No... no puede ser —balbuceó Kaelia, negando con la cabeza mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas—. Yo soy una Omega. Mi loba ni siquiera ha despertado del todo... ¿Cómo podría albergar dos vidas?

—Porque el padre de esos niños no es un lobo común —respondió Elena con gravedad, inclinándose hacia ella—. La energía que emana de tu vientre es abrasadora, dominante... es la sangre de un Alfa puro. Un Rey.

Kaelia ahogó un sollozo. La verdad la golpeó con la fuerza de un rayo. No había duda alguna: los hijos que llevaba en su vientre pertenecían a Darek MoonBlood.

—Ellos me matarán si lo descubren —susurró Kaelia, aterrada—. Ginger... el Alfa de MoonBlack... si saben que llevo la sangre del Rey, me eliminarán antes de que salgan a la luz.

—Tienes razón —admitió Elena con frialdad médica—. Una Omega embarazada sin pareja es considerada una aberración en esta manada. Pero si el padre es quien creo que es, tu vientre es la amenaza más grande para quienes hoy ostentan el poder.

Antes de que Kaelia pudiera asimilar la magnitud de su situación, el sonido de botas pesadas bajando por los escalones de piedra de la mazmorra resonó en el pasillo.

La puerta de hierro del pasillo se abrió con un crujido estruendoso. Dos figuras avanzaron entre las antorchas. Eran sus falsos padres.

El hombre llevaba una linterna de aceite en una mano y un látigo de cuero enrollado en la otra. La mujer caminaba a su lado con el rostro contraído por una mueca de asco.

—Sácale el cerrojo —ordenó el falso padre al guardia de la entrada.

La reja de la celda se abrió. Los dos adultos entraron, y la madre adoptiva de Kaelia no perdió un segundo: se abalanzó sobre ella y la tomó fuertemente del cabello, obligándola a levantar la cabeza.

—¡Mírate! —chifló la mujer con veneno—. ¡Arruinaste nuestra reputación ante la corte entera! El Alfa está furioso con nosotros por tener a una sirvienta tan inútil y descarada en nuestra casa. Nos van a quitar la paga del mes por tu culpa.

—¡Déjame! —gritó Kaelia, intentando soltarse, pero la debilidad de su estado le impedía defenderse.

—¡Cállate, alimaña! —bramó el hombre, levantando el látigo—. Vas a recibir diez azotes aquí mismo para que aprendas a comportarte frente a tus superiores.

—¡No! —intervino la anciana Elena desde el rincón, levantándose con dificultad—. ¡No la toques, imbécil! ¡Esa chica no está en condiciones de recibir castigos físicos!

El falso padre de Kaelia miró a la anciana con desprecio y la empujó bruscamente contra la pared.

—¡Nadie te pidió tu opinión, vieja loca!

—¡Ella lleva vida en su vientre! —gritó Elena con desesperación, intentando proteger a Kaelia—. ¡Si la azotas, vas a matar a los niños!

El hombre se congeló con el látigo en alto. La madre adoptiva soltó el cabello de Kaelia de golpe, como si la chica se hubiera convertido en veneno puro.

Un silencio pesado y tóxico inundó la celda.

—¿Qué dijiste? —preguntó la mujer, mirando a Kaelia con los ojos desorbitados.

Kaelia, tirada en el suelo de paja, se abrazó el vientre con ambas manos, mirando a sus falsos padres con puro terror.

El hombre avanzó un paso, agarró a Kaelia del brazo y la puso de pie de un tirón. Con su mano libre, le presionó el abdomen con rudeza. Kaelia dejó escapar un chillido de dolor.

—Está blando... pero hay una densidad extraña —murmuró el hombre, frunciendo el ceño mientras su rostro se transformaba en una máscara de pura furia—. ¡Perra asquerosa! ¿De quién es? ¡¿Con quién te acostaste?!

—¡No les diré nada! —gritó Kaelia con una valentía que no sabía que poseía, clavándole la mirada.

La madre adoptiva se llevó las manos a la cabeza, comenzando a hiperventilar de rabia.

—¡Esto es el colmo! ¡Una Omega bastarda y embarazada de un desconocido! Si la manada se entera, nos exiliarán a todos por permitir semejante deshonra bajo nuestro techo. ¡Nos van a condenar!

—No se van a enterar —dijo el hombre con una voz extrañamente fría y calculadora. Su mirada hacia Kaelia se volvió completamente desalmada—. No vamos a pagar por los pecados de esta basura.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó su esposa.

—Mañana por la mañana, la comitiva del Rey Alfa parte de regreso a sus tierras. Cuando se vayan, sacaremos a Kaelia de esta celda bajo el pretexto de venderla como esclava a los mercaderes de la frontera o simplemente la arrojaremos al río para que se ahogue. Nadie en MoonBlack preguntará por una sirvienta insignificante.

—¡No pueden hacer eso! —suplicó Kaelia, sintiendo que el pánico la devoraba por completo—. ¡Por favor!

—Podemos y lo haremos —sentenció su falso padre, dándole un bofetón que la hizo caer de nuevo a la paja—. Disfruta tu última noche bajo un techo, Kaelia. Al amanecer, dejarás de ser nuestro problema... para siempre.

Los dos falsos padres salieron de la celda, cerrando la reja de hierro con un portazo violento que resonó en toda la mazmorra. El sonido del cerrojo oxidado al encajarse se sintió como la sentencia definitiva de su muerte.

En la oscuridad de la celda, Kaelia quedó tendida en el suelo. La anciana Elena se acercó a ella rápidamente, ayudándola a incorporarse mientras los sollozos de la joven ecoaban en las paredes de piedra.

Kaelia apretó sus manos contra su vientre. Por primera vez, sintió una chispa de calor responder desde su interior. Dos pequeñísimos latidos, invisibles para el mundo, latían con terquedad en su interior.

—No voy a dejar que les hagan daño —susurró Kaelia entre lágrimas, sintiendo que algo dentro de su alma rota comenzaba a endurecerse como el acero—. Lo juro por mi vida. No voy a morir en este lugar.

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