Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl olor a humo de leña, resina de pino y sangre seca fue lo primero que depertó sus sentidos.
Kaelia abrió los ojos lentamente. Su visión era borrosa, distorsionada por una fiebre sutil que le hacía sentir el cuerpo pesado como el plomo. No estaba sobre la paja helada de la mazmorra de MoonBlack, ni sobre la nieve congelada del abismo. Yacía sobre una cama rústica cubierta con pieles de oso gruesas y cálidas, en el interior de una tienda de campaña hecha de cuero curtido y vigas de madera.
Un fuego crujía en un brasero de hierro en el centro de la estancia, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piel.
Kaelia intentó incorporarse, pero un punzadas agudas en sus muñecas laceradas la hicieron ahogar un gemido de dolor. Al mirarse las manos, descubrió que las pesadas cadenas de hierro frío habían sido retiradas; en su lugar, sus heridas estaban limpias y vendadas con telas empapadas en un ungüento de hierbas de olor penetrante.
Su primer instinto fue llevarse las manos al vientre. Un suspiro de alivio se le escapó entre los labios al sentir que el pequeño pulso de calor en su interior seguía allí, constante, firme, desafiando a la muerte misma.
—Los cachorros están a salvo, pequeña —resonó una voz áspera y profunda desde la entrada de la tienda.
Kaelia se sobresaltó, pegando la espalda contra la madera de la cama y tirando de las pieles hacia su pecho en un gesto defensivo.
De entre las sombras de la entrada emergió el hombre que había visto antes de perder el conocimiento. Era alto, de complexión ancha y rostro duro, surcado por una larga cicatriz que le atravesaba el ojo izquierdo hasta la mandíbula. Su cabello negro, trenzado al estilo de los guerreros salvajes, le caía sobre los hombros. Vestía armadura de cuero tachonada y pieles oscuras. Sus ojos de un rojo carmesí encendido —la marca inconfundible de un Alfa que ha roto sus lazos con las manadas tradicionales— la examinaron con una mezcla de curiosidad y cautela.
—¿Quién... quién eres? —preguntó Kaelia con la voz ruda por la sequedad de la garganta—. ¿Dónde estoy?
—Te encuentras en el Territorio Obsidian —respondió el hombre, dando un paso lento hacia el brasero para arrojar un trozo de leña seca—. La tierra de los renegados. Aquellos a los que las grandes manadas llaman parias, monstruos o basura. Y yo soy Erik, líder de esta patrulla de frontera.
Kaelia tragó saliva con dificultad. Había escuchado historias de terror sobre el Territorio Obsidian desde que era una niña: tierras sin ley, habitadas por lobos exiliados, criminales y bestias desquiciadas que devoraban a los débiles.
—¿Por qué me salvaron? —murmuró Kaelia, apretando las mantas con dedos temblorosos—. Yo soy una Omega... no tengo nada que ofrecerles. No tengo valor.
Erik soltó una carcajada baja, un sonido seco que pareció retumbar en las paredes de cuero.
—En el Territorio Obsidian no nos importan las castas ni las tonterías de los Reyes —dijo Erik, mirándola fijamente a los ojos—. Para nosotros no eres una Omega ni una noble; eres una sobreviviente. Matamos a esos guardias porque estaban violando el tratado no escrito de la frontera, ejecutando a una hembra encadenada en nuestro territorio. Pero lo que me causa curiosidad es otra cosa...
Erik se acercó a la cama, apoyando las manos en el borde de madera e inclinándose ligeramente.
—Esos hombres llevaban los insignias de la guardia de élite de la manada MoonBlood. Los sabuesos personales del Rey Darek. ¿Por qué el perro rey enviaría a sus verdugos a cortar la garganta de una chica demacrada en medio de la noche?
Kaelia sintió que el corazón le daba un vuelco. El nombre de Darek resonó en su mente como una herida abierta. Recordó la mirada helada del Rey en el salón, la crueldad de Ginger y las amenazas de sus falsos padres. Si estos renegados sabían que llevaba a los herederos del Rey de MoonBlood en su vientre, se convertiría en un rehén de guerra, en una moneda de cambio o en un objetivo directo.
Tenía que proteger a los gemelos. A cualquier precio.
—Yo... yo era una sirvienta en la casa de la manada MoonBlack —mintió Kaelia, sosteniéndole la mirada a Erik con una firmeza que sorprendió al propio guerrero—. La prometida del Rey... la mujer roja... creyó que le había faltado al respeto al tirar una copa de vino durante el banquete. Ella ordenó que me eliminaran para dar un ejemplo. No soy nadie importante. Solo una paria que intentó huir de la servidumbre.
Erik entrecerró su único ojo sano, analizando cada rasgo del rostro de Kaelia. El silencio dentro de la tienda se volvió denso, roto únicamente por el crepitar del fuego.
—Mientes mal en algunos detalles, niña —dijo Erik finalmente, erguéndose de nuevo—. Pero no me importa cuál sea tu secreto mientras no traiga el fuego de MoonBlood sobre mi gente. Sin embargo, hay algo más... Tu vientre alberga dos vidas. Puedo oler la fuerza de su sangre desde aquí. Un embarazo de gemelos en una hembra sin aura es algo raro... casi imposible.
En ese momento, las cortinas de la tienda se abrieron de nuevo y entró una mujer mayor de cabello canoso y rostro curtido por el viento. Llevaba una vasija de barro humeante entre las manos.
—Déjala en paz, Erik —reprendió la mujer con tono severo—. La chica necesita alimento y descanso, no tus interrogatorios de guerra.
—Es mi deber proteger el campamento, Cora —respondió Erik, aunque dio un paso atrás, cediendo el lugar a la curandera.
Cora se acercó a Kaelia y le ofreció la vasija de caldo caliente. El aroma a carne y hierbas hizo que el estómago de Kaelia rugiera de dolor. Sin dudarlo, tomó el recipiente con las manos temblorosas y bebió a pequeños tragos, sintiendo cómo el calor le devolvía la vida al cuerpo.
—Gracias... —susurró Kaelia, mirando a la anciana.
—El Territorio Obsidian es duro, muchacha —dijo Cora suavemente, examinándole las vendas de las muñecas—. Aquí no hay sirvientes ni reyes. Si quieres quedarte y tener a tus hijos a salvo, tendrás que trabajar. Aquí todos ganan su pan: los guerreros cazan, los heridos curan y los débiles aprenden a volverse fuertes.
Kaelia bajó la vasija y miró a Erik, luego a Cora. Por primera vez en toda su vida, nadie la miraba con asco. Nadie la llamaba "basura" ni la amenazaba con látigos por ser una Omega. En los ojos de esos renegados cubiertos de cicatrices había una exigencia dura, pero justa: la promesa de un lugar si estaba dispuesta a luchar por él.
—Puedo trabajar —dijo Kaelia con voz clara, levantando la barbilla—. Sé cocinar, limpiar, curar heridas sencillas y coser. Haré lo que sea necesario. Solo... solo pido un lugar seguro para que mis hijos nazcan.
Erik la observó durante un largo segundo. Una leve sonrisa de aprobación cruzó su rostro cicatrizado.
—Mañana empezarás a ayudar a Cora en la choza de medicina —sentenció Erik, girando sobre sus talones hacia la salida de la tienda—. Recupérate esta noche. Si los hombres de MoonBlood vienen a buscarte, descubrirán que los renegados de Obsidian no entregamos a los nuestros tan fácilmente.
Cuando Erik salió, Kaelia se dejó caer de nuevo sobre las pieles de la cama.
Miró el techo de cuero de la tienda mientras la noche consumía los últimos rastros de la fiebre. Se llevó una mano al vientre y sonrió levemente en medio de la penumbra. Estaba en el territorio más peligroso del continente, rodeada de proscritos y lejos de todo lo que conocía.
Pero era libre. Las cadenas de su antigua vida se habían roto en el abismo.
—Aquí estaremos a salvo —susurró a sus hijos, sintiendo el tenue pero innegable pulso de vida responder desde su interior—. Vamos a crecer... y cuando llegue el momento, nadie volverá a pisotearnos.
A varios kilómetros de allí, en los majestuosos salones de la fortaleza de la manada MoonBlood, el amanecer trajo una tormenta diferente.
El Rey Darek permanecía de pie junto a los grandes ventanales de su estrado privado, mirando hacia los valles nevados del sur. Llevaba la mano apretada contra el pecho, justo sobre el corazón. Desde la noche anterior, un dolor agudo, sordo y constante le laceraba el alma, como si un hilo invisible se estuviera tensando hasta el punto de romperle las entrañas.
—No es nada, mi amor —susurró Ginger detrás de él, deslizando sus brazos alrededor de su cintura y apoyando la cabeza en su espalda—. Es solo el cansancio del viaje y la tensión de los tratados de paz.
Darek no respondió. La neblina mágica en su mente luchaba violentamente contra un instinto salvaje que rugía en su sangre, exigiéndole volver a la frontera, buscar a la chica de los ojos aterrorizados que había visto en las mazmorras de MoonBlack.
En ese instante, las puertas del estrado se abrieron de golpe. Un capitán de la guardia real entró a pasos agigantados, pálido como la cera y con el rostro contraído por el pánico.
—¡Mi Rey! —exclamó el oficial, arrodillándose rápidamente—. Traigo noticias urgentes de la frontera sur.
Darek se giró bruscamente, apartando a Ginger de su lado de un movimiento casi inconsciente.
—Habla —ordenó Darek con una voz que hizo temblar las lámparas de cristal del salón.
—Una de nuestras patrullas de élite ha sido encontrada muerta en las Gargantas de la Frontera —reportó el capitán con la voz temblorosa—. Dos de nuestros mejores guerreros fueron masacrados por lobos renegados.
Ginger apretó los puños ocultos entre los pliegues de su vestido, disimulando una mueca de rabia. Inútiles, pensó. Los renegados la encontraron antes.
—¿Qué hacían dos guerreros de élite en las Gargantas de la Frontera sin mi autorización? —inquirió Darek, con los ojos dorados centelleando de peligrosa sospecha.
—No lo sabemos, Señor... pero junto a los cuerpos encontramos restos de cadenas de prisión —continuó el capitán—. Y en la nieve... había rastros de sangre de una hembra. Se presume que una prisionera de la manada MoonBlack fue ejecutada o secuestrada por los renegados del Territorio Obsidian.
Un latigazo de dolor físico atravesó el cráneo de Darek. La imagen de Kaelia siendo arrastrada en el salón de actos apareció en su mente con la claridad de un relámpago, romper momentáneamente el filtro mágico de Ginger.
—Preparen a mi montura —ordenó Darek con una voz desgarradora, dando un paso hacia adelante.
—¡Darek, no! —intervino Ginger, tomándolo del brazo con pánico—. ¡Es una trampa de los renegados! ¡No puedes arriesgar tu vida por una sirvienta insignificante que cometió un crimen!
Darek se detuvo. Giró el rostro hacia Ginger, y por un segundo, sus ojos dorados se volvieron completamente negros por la furia de su bestia interior.
—Nadie da órdenes a mis guerreros sin mi consentimiento, Ginger —siseó Darek con una frialdad aterradora—. Y nadie derrama sangre en mis fronteras sin pagar el precio. Averiguaré quién autorizó esa patrulla... y si los renegados han tocado a esa chica, reduciré el Territorio Obsidian a cenizas.







