Mundo ficciónIniciar sesiónEl tiempo pareció detenerse en la callejuela de piedra helada.
Los ojos dorados del Rey Darek MoonBlood, pulidos como dos piezas de ámbar bajo la luz matutina, barren las sombras de la calle con una fijación aterradora. Su postura sobre el caballo es rígida, felina, como la de un depredador que acaba de captar el rastro directo de su presa más codiciada.
A pocos metros, oculta tras el pilar de madera podrida de una vivienda, Kaelia pega la espalda contra las tablas húmedas. Su corazón golpea contra sus costillas con un estruendo que le retumba en los oídos, tan fuerte que teme que el imponente Rey pueda escucharlo. Un sudor frío le recorre la nuca, mientras la náusea contenida en su garganta amenaza con traicionarla.
«Es él», piensa, cerrando los ojos con pánico. «El hombre que me sostuvo en la penumbra... el hombre de los ojos dorados es el Rey Alfa».
Un murmullo de expectación corre entre los miembros de la manada MoonBlack al notar la repentina inmovilidad de su soberano visitante. Darek desmonta de un solo movimiento fluido, desplegando su enorme envergadura. Su capa de pieles oscuras ondea con el viento helado. El aire a su alrededor vibra con un poder aplastante, una presión física que hace que los lobos menores de la multitud bajen la cabeza por instinto.
Él da un paso hacia la callejuela. Su olfato se agudiza. En el ambiente, sobrevolando el olor a barro y humo de pino, percibe una nota imperceptible para los demás: el dulce y salvaje perfume de la loba de la tormenta.
—¿Pasa algo, mi Rey? —una voz suave, de dulzura calculada pero con un matiz ligeramente agudo, rompe la tensión.
De entre los carruajes regios emerge una mujer de belleza deslumbrante. Lleva un vestido de terciopelo bordado en hilos de oro que abraza cada curva de su figura. Su cabello, de un rojo cobrizo impecable, cae en ondas perfectas sobre sus hombros. Es Ginger, la prometida del Rey.
Ginger se acerca a Darek con soltura, deslizando una mano enguantada sobre el brazo acorazado del Alfa. Sin que nadie lo note, de la palma de su guante emana un sutil polvo grisáceo, un filtro mágico ahumado que se disuelve en el aire al contacto con la piel del Rey.
Darek parpadea bruscamente. Una punzada sorda y repentina le atraviesa las sienes, como una aguja invisible clavándose en su cerebro. La neblina mágica de Ginger envuelve sus sentidos, adormeciendo la agudeza de su olfato. El rastro dulce que acababa de detectar en el aire se vuelve borroso, sofocado por el aroma artificial a jazmín que emana de la mujer a su lado.
—Nada —responde Darek con voz grave y distante, llevándose dos dedos al puente de la nariz mientras la jaqueca se intensifica—. Un espejismo del viento.
—El viaje ha sido largo y el clima de estos terrenos es deplorable, mi amor —susurra Ginger con una sonrisa felina, clavando sus ojos verdes en la multitud con desprecio apenas disimulado—. Los ancianos de MoonBlack nos esperan para el banquete de bienvenida. Vámonos adentro.
Darek echa una última mirada hacia el callejón oscuro. Su instinto animal araña por dentro, gritándole que hay algo crucial en ese rincón, pero la bruma en su mente es demasiado densa. Con un asentimiento rígido, gira sobre sus talones y camina hacia la casa principal de la manada, seguido por Ginger, quien echa un vistazo furtivo hacia el callejón con los ojos entrecerrados, llena de sospecha.
Oculta en la penumbra, Kaelia deja salir un suspiro ahogado, dejando caer la cabeza hacia atrás. Su respiración es agitada. Cuando el peligro aparente pasa, se lleva instintivamente una mano temblorosa al vientre. La náusea ha remitido, reemplazada por una calidez extraña, como un pulso diminuto e imperceptible que parece responder al aura del Rey Alfa.
—¿Qué me está pasando? —susurra a la nada, con los labios temblando.
El regreso a la cabaña de sus falsos padres fue un calvario.
Kaelia se deslizó por las calles traseras, evitando a los guardias y a los aldeanos que celebraban la llegada de la comitiva real. Al cruzar el umbral de la humilde vivienda de madera en las afueras del poblado, el sonido de un plato estrellándose contra la pared la recibió.
—¡Ahí está la maldita haragana! —gritó la voz chirriante de su madre adoptiva, una mujer de rostro enjuto y ojos llenos de malicia.
Antes de que Kaelia pudiera articular una palabra, una mano pesada la tomó del cabello, jalándola hacia adentro con violencia brutal. Kaelia ahogó un grito de dolor mientras su falso padre, un guerrero frustrado de bajo rango en la manada MoonBlack, la arrojaba al suelo de madera.
—¿Dónde demonios estabas? —bramó el hombre, levantando el pie para darle una patada en el costado—. ¡Toda la noche fuera! ¿Crees que alimentamos a una inútil para que vaya a corretear por el bosque como una perra sin dueño?
—¡Estaba... me atrapó la tormenta! —mintió Kaelia, encogiéndose en el suelo y cubriéndose la cabeza, intentando por instinto proteger su abdomen de cualquier golpe—. Me refugié en la frontera... no podía volver bajo la nieve...
—¡Mentirosa! —intervino su madre adoptiva, escupiendo al suelo cerca de ella—. Mírala, tiene la ropa rasgada y huele a tierra y sudor. Apestas a deshonra, Kaelia. Eres una plaga. Hoy hay visitas importantes en la casa principal y la servidumbre está desbordada. ¡Límpiate esa cara de muerta de hambre y ponte a trabajar en las cocinas reales antes de que te despelleje viva!
Kaelia apretó los dientes contra el suelo de madera. Por primera vez en sus diecinueve años de vida, una chispa de rabia caliente y desconocida nació en el fondo de su estómago. Un impulso salvaje, lejano pero poderoso, le exigía levantarse y arrancarles la garganta a esos dos seres que jamás le habían mostrado un solo gesto de piedad.
Pero su loba era débil —o eso le habían hecho creer toda su vida—. Tragándose el orgullo, la sangre de su labio partido y el dolor de sus hematomas, Kaelia se incorporó despacio.
—Iré a las cocinas —dijo con la voz plana, sin mirarlos a los ojos.
—Más te vale —gruñó su falso padre, dándole un empujón hacia la trastienda—. Y ni se te ocurra dejarte ver por los nobles de MoonBlood. Una basurilla como tú arruinaría el apetito del Rey.
Las cocinas de la mansión principal de MoonBlack eran un infierno de vapor, gritos y platos metálicos colapsados.
El banquete en honor al Rey Darek MoonBlood y a su prometida Ginger estaba en su punto máximo. Kaelia pasó las siguientes cuatro horas cargando pesadas ollas de agua hirviendo, desplumando aves y fregando pisos sin descanso. El sudor le pegaba el cabello al cuello, y el cansancio físico amenazaba con hacerla colapsar, pero lo que realmente la estaba destruyendo era el dolor invisible que le atravesaba el pecho.
Cada vez que el viento traía el aroma de Darek desde el gran salón de banquetes ubicado en el piso superior, la marca del lazo en el alma de Kaelia latía con una fuerza agonizante. Su cuerpo pedía a gritos estar cerca de él, correr hacia sus brazos y exigir el calor de la noche anterior. Pero la razón la frenaba con frialdad: ella era una simple Omega maltratada, una sirvienta sin valor; él era el Rey Alfa de las tierras del Norte, comprometido con una mujer hermosa y poderosa.
¿Acaso él la reconocería si la veía? ¿O para él solo había sido una noche de placer clandestino con una desconocida en medio de la tormenta?
—¡Tú! ¡La chica del rincón! —gritó la cocinera jefa, una loba robusta y de mal carácter, señalando a Kaelia con un cucharón de madera—. Toma esta jarra de vino de especias y llévala de inmediato a la mesa principal de los nobles. El sirviente oficial se tropezó y no hay nadie más disponible.
Kaelia se congeló.
—¿Yo? No... no puedo sub...
—¡No te estoy preguntando, inútil! —la interrumpió la cocinera, empujándole la pesada jarra de plata contra el pecho—. Súbela ahora mismo o le diré al Alfa que te azote por desobediencia.
Con las manos temblando tanto que el vino dentro de la jarra generaba pequeñas ondas, Kaelia no tuvo más remedio que obedecer. Subió la escalera de piedra que conducía al Gran Salón. Cada escalón se sentía como una marcha hacia el patíbulo.
El salón de actos estaba repleto de música, risas estruendosas y el choque de copas de cristal. Las antorchas iluminaban los estandartes negros y rojos.
Kaelia mantuvo la cabeza agachada, intentando volverse invisible mientras se escurría entre las mesas de los guerreros y los ancianos. Su objetivo era la mesa de honor, ubicada en un estrado elevado.
Allí estaba él.
Darek MoonBlood presidía la mesa. Sin la armadura, vistiendo una túnica de seda oscura que remataba en finas pieles, lucía aterradoramente atractivo. Sin embargo, su rostro no reflejaba alegría; sus facciones eran de una rigidez sombría, y sus ojos dorados recorrían la sala con aburrimiento y tensión contenido. A su lado, Ginger le hablaba al oído con una sonrisa encantadora, acariciándole el hombro con familiaridad.
Kaelia sintió que algo se le rompía en el centro del pecho al ver la escena. Una punzada de celos viscerales, tan puros y salvajes que la hicieron sofocar un jadeo, le recorrió la sangre.
Avanzó temblorosa hacia el estrado para depositar la jarra. Intentó no mirar, pero al estirar el brazo para colocar el recipiente plateado sobre la madera pulida, su codo rozó involuntariamente la túnica de Darek.
Un chispazo de corriente eléctrica cruzó el espacio entre ambos.
Darek se tensó como si hubiera sido golpeado por un rayo. La neblina mágica de su mente pareció fracturarse por un milisegundo. Su cabeza se giró con una velocidad brutal hacia la sirvienta a su lado.
Sus miradas se encontraron a centímetros de distancia.
El tiempo se detuvo. Los ojos dorados de Darek se dilató por completo, la bestia en su interior soltó un rugido sordo en su mente, reconociendo el calor, la mirada y la esencia de la mujer de la noche anterior.
—Tú... —susurró Darek, con la voz entrecortada por un impacto tan violento que casi deja caer su copa.
Kaelia se quedó petrificada, ahogando un gemido de pánico y anhelo.
Pero antes de que Darek pudiera reaccionar o extender una mano hacia ella, Ginger —notando la peligrosa desconexión en los ojos del Rey— reaccionó con la velocidad de una víbora. Se levantó bruscamente de su asiento, haciendo chocar su propia copa contra la mesa y derramando el líquido rojo sobre su vestido de terciopelo.
—¡Insolente! —chilló Ginger con una voz llena de indignación dramática, atrayendo la atención de todo el salón—. ¡Miren lo que ha hecho esta torpe sirvienta! ¡Me ha tirado el vino encima!
Darek parpadeó, sacudido por el grito de Ginger, mientras la bruma de la magia oscura volvía a nublar su vista, distorsionando la imagen de Kaelia ante sus ojos.
Los guardias de la manada MoonBlack no esperaron una orden. Dos guerreros corpulentos se abalanzaron sobre el estrado, sujetando a Kaelia con brusquedad de los brazos y torciéndoselos a la espalda.
—¡Perdón! ¡Fue un accidente! —alcanzó a exclamar Kaelia, mientras los guardias la arrastraban hacia atrás con fuerza desmedida.
Darek se puso de pie, sintiendo un impulso salvaje de masacrar a los guardias que tocaban a la chica, pero una punzada de dolor insoportable le atravesó el cráneo, enviando una orden contradictoria a sus nervios. Se llevó la mano a la cabeza, tambaleándose ligeramente.
—Sáquenla de aquí —ordenó el Alfa de la manada MoonBlack con voz dura desde el otro lado de la mesa, avergonzado ante sus invitados—. Llévenla a las mazmorras por faltarle el respeto a la futura Reina.
—¡No! —gritó Kaelia, luchando en vano contra el agarre de hierro de los guardias. Sus ojos se clavaron desesperadamente en los de Darek mientras la arrastraban fuera del salón—. ¡Darek! ¡Mírame!
El uso de su nombre de pila en boca de una sirvienta hizo que el salón entero se llenara de murmullos de indignación. Pero Darek solo pudo ver cómo la figura de la chica desaparecía tras las pesadas puertas de roble.
En ese instante, en la oscuridad del estomago de Kaelia, el leve pulso de calor volvió a agitarse. Una náusea repentina la golpeó de nuevo en medio del forcejeo, haciendo que un temblor helado la recorriera.
Kaelia supo en ese segundo, con una certeza terrorífica, que lo que llevaba dentro no era solo el cansancio de la noche.
Llevaba la semilla del Rey Alfa... y acababa de ser encarcelada.







