El vapor del aliento caliente de los guerreros se condensaba en el aire gélido del desfiladero de los Pinos Negros. La nieve, antes blanca e inmaculada, yacía pisoteada y manchada por la sangre de los mercenarios derrotados.
Kaelen permanecía de rodillas sobre el barro congelado, temblando bajo el peso de la hoja dorada de Kaelia, que rozaba la piel de su cuello.
Darek caminaba despacio hacia el centro de la escena. Las botas del Rey Alfa hundían la nieve con pisadas pesadas y calculadas. Su es