Semir apenas se detuvo para indicarme el camino hacia un lugar más discreto. Era lo más sensato. Elegimos mi oficina.
Contuve el aliento apenas entramos.
Me acorralĂł contra el escritorio. Estábamos tan cerca que podĂa sentir su aliento… y el latido firme de su corazĂłn. Entre nosotros ya no quedaba espacio para fingir.
Sus manos, grandes, anchas y venosas, acariciaron mi rostro y luego se deslizaron entre mi cabello rubio. A esas alturas, su arrogancia se habĂa esfumado por completo.
Y, sin adve