Así que estaba en lo cierto… no me equivoqué —murmuró Javier Pal, mientras se reacomodaba en el asiento con meticulosidad, como si acabara de concluir un análisis forense.
Alicia y yo nos miramos a los ojos. No había duda: habíamos pasado por alto que Javier jamás había abandonado la oficina y, evidentemente, él tampoco fue consciente de que lo había pensado en voz alta.
El aire se tensó. Entonces reaccionó. Se levantó, esbozando una sonrisa incómoda.
—Yo… de verdad lo siento.
Nadie respond