Entramos a la sala de presentación. Estaba colmada de inversionistas y altos ejecutivos; al fondo, un espacio reservado para la prensa vibraba con murmullos contenidos.
En cuanto cruzamos el umbral, todos se pusieron de pie. No fue una cortesía protocolaria, sino un gesto inequívoco de respeto. Respeto hacia el heredero de una fortuna que no requería presentación.
Avancé junto a mi marido.
No como su esposa… sino como su par en un juego cuidadosamente calculado. Un equipo de trabajo. Nada má