La tarde cayó con una pesadez casi violenta. A lo lejos, una tormenta iluminaba el cielo, como si cada relámpago dictara un veredicto sobre la indefensa ciudad.
El dolor de cabeza volvió a hacerse presente, insistente, así que lo atribuí a la extenuación. Después de todo, no había nada más satisfactorio que ver mi trabajo tomar forma. Había avanzado con los chicos.
Observé el reloj y me desconcertó lo tarde que era, pero estaba tan satisfecha que no pude evitar sonreír para mí misma.
—¿Contenta