El ascenso desde el sótano fue una procesión de poder recién forjado. Ivanka subió las escaleras con paso firme, la espalda recta como el filo de su Haladie. No miraba atrás. No necesitaba hacerlo. Sentía la presencia de Gianni a su espalda, un muro de acero y lealtad; seguido por la sombra imponente de Serguéi y la vigilancia tensa de César. El peso de la pistola en su mano era un recordatorio frío, un contrapunto a la quemadura de la furia que aún latía en sus venas.
El recibidor seguía sumid