El despacho se tensó como un campo de batalla. Viktor desenfundó su arma con lentitud calculada, su voz forzando una calma que no sentía:
— No conoces la crudeza de este mundo, Ivanka. No como yo.
Ivanka mantuvo su arma firme, una sonrisa fría en sus labios:
— Comienzo a conocerla, hermano. Me forjo en tu mismo infierno. Y no renunciaré a lo que es mío.
Los seguros de ambas armas saltaron. Serguéi y Gianni, alerta, evaluaban cada movimiento. César contuvo el aliento.
Ivanka desafió el cañón de V