Mientras la niebla matinal comenzaba a disiparse sobre San Petersburgo, envolviendo la ciudad en una luz grisácea y fría, en las afueras, en un claro boscoso apenas iluminado por los faros apagados de dos todoterrenos negros, se desarrollaba una escena de traición helada. La nieve crujía bajo las botas pesadas.
Semyon Volkov fue arrojado sin ceremonia desde la parte trasera de un vehículo. Cayó de bruces sobre el manto blanco, la nieve fría quemándole la piel ya magullada de su rostro. Las mano