La sala de reuniones de la DIGE olía a desinfectante, miedo y fracaso recién horneado.
La explosión había dejado cicatrices visibles: cables colgando, paneles de yeso desprendidos, y un agujero monstruoso en la pared de la celda de máxima seguridad que aspiraba el aire frío de la noche como una herida abierta. En medio del caos controlado, dos fuerzas de la naturaleza chocaban.
Viktor Volkov, el Pakhan, permanecía inmóvil, cruzado de brazos. Su traje italiano, impecable y oscuro como el ala de