El agua caliente había lavado la sangre y la suciedad, pero no la tensión que llevaba grabada en los músculos. Gianni, vestido con unos jeans negros y una camiseta gris de algodón que olía vagamente a Gabrielle (un detalle que lo irritaba), se encontró vagando por los pasillos silenciosos de la enorme casa. Sus pasos, casi felinos, lo llevaron instintivamente hacia un balcón cercano a la suite donde habían dejado a Ivanka como si una cuerda invisible lo guiara hacia ella. Necesitaba aire. Neces