El cuchillo en la mano de Damian brilló bajo la tenue luz de la farola rota. La punta presionaba contra el cuello de Valeria, justo donde latía su pulso. Ella no se movió. Solo me miró, y en sus ojos leí claro: “No lo hagas. No te rindas por mí.”
Pero ya estaba aquí. Y Damian me sonreía con esa boca torcida que ya no reconocía.
—Suéltala —dije, manteniendo la voz firme—. Vine, como pediste. Ahora déjala ir.
—¿Tan fácil? —rió, un sonido seco y roto—. No aprendiste nada, ¿verdad? Nunca se negocia