(Narrado por Valeria)
Sebastián irrumpió en el apartamento como un huracán. La puerta se cerró de golpe a sus espaldas. Yo estaba en el sofá, con el portátil sobre las piernas y una taza de té frío al lado. Ni siquiera levanté la vista.
—¿Sabes lo que acabo de tener que hacer? —dijo su voz, cortante como un cristal roto.
—Supongo que algo aburrido y legal —respondí, haciendo clic en un archivo—. ¿Firmar documentos en triplicado? ¿Amenazar a un pobre diablo con una demanda?
—Acabo de sobornar a un forense para que “perdiera” un expediente que te vinculaba a la investigación del viejo Hendrix. Porque alguien, y apuesto mi diploma de Harvard a que fuiste tú, preguntó por el registro de su autopista en la morgue esta mañana.
Ahí sí levanté la vista.
Él estaba plantado en medio de la sala, la corbata ligeramente desajustada, el pelo perfecto algo revuelto. Respirando con furia como un animal enjaulado.
El tan siempre frío Sebastián Locke, perdía la cabeza muy fácil últimamente por mi culpa