Gael no dijo una sola palabra mientras el auto se detuvo frente a mi edificio, ese rectángulo descascarado de ladrillos húmedos que siempre olía a humedad y café rancio. En cuanto el chofer apagó el motor, sentí el peso de la realidad caerme encima como un balde de agua helada.
Yo vivía aquí.
Yo.
La chica que fingía moverse entre millonarios como si encajara.
Gael miró la fachada en silencio. Y ese silencio dolía más que si hubiera dicho algo.
Nunca me he sentido avergonzada por no tener dine