Dormí mal.
O quizá no dormí nada.
Mi cerebro pasó toda la madrugada repitiendo la misma escena:
Gael apoyado en el marco de mi puerta, mirándome como si ya supiera que tarde o temprano iba a quebrarme. Su voz diciendo Llámame si vuelves a meterte en problemas… o si decides dejar de mentir.
Era absurdo dejar que un hombre como él —que ni siquiera debería importarme— me ocupara tanto espacio en la cabeza. Absurdo. Estúpido.
Y sin embargo, estaba ahí.
El sol de la mañana se coló por las cortinas v