El camino de regreso a la cabaña lo hice casi corriendo. Cada segundo que pasaba fuera era un riesgo. Si Gael volvía y no me encontraba, empezaría a hacer preguntas. Y yo, con los nervios destrozados y la cabeza llena de planes sucios, no era capaz de inventar una mentira convincente.
Entré sin aliento, cerrando la puerta con cuidado. La cabaña estaba igual: silenciosa, fría, vacía. Un refugio que ahora sentía como una celda.
Sin perder tiempo, me encerré en la habitación y saqué el teléfono. Mi siguiente llamada era a Valeria. Necesitaba esos archivos, todos, y los necesitaba ya.
Contestó al primer tono, su voz cargada de la misma tensión ansiosa que había dejado en nuestro último mensaje.
—¿Viatrix?¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—No tengo tiempo para explicar, Val —dije, hablando rápido—. Necesito que me envíes todo. Todo lo que tienes sobre Damian. Ahora mismo.
Hubo una pausa. La podía sentir dudando al otro lado.
—¿Para qué? ¿Qué vas a hacer? Por ahora no te conviene meterte en más mierd