El camino de regreso a la cabaña lo hice casi corriendo. Cada segundo que pasaba fuera era un riesgo. Si Gael volvía y no me encontraba, empezaría a hacer preguntas. Y yo, con los nervios destrozados y la cabeza llena de planes sucios, no era capaz de inventar una mentira convincente.
Entré sin aliento, cerrando la puerta con cuidado. La cabaña estaba igual: silenciosa, fría, vacía. Un refugio que ahora sentía como una celda.
Sin perder tiempo, me encerré en la habitación y saqué el teléfono. M