La idea de ir con Gael se desvaneció tan pronto como la pensé. Él era una pared de hielo, un estratega frío. Escucharía el problema, pesaría las opciones y tomaría la decisión más lógica: contener el incendio. Y Valeria no importaría.
No. No podía arriesgarme.
Mi mente, a pesar del pánico, empezó a trabajar de forma extraña, clara y cortante. Necesitaba a alguien dentro del círculo de Gael, pero que no fuera Gael. Alguien que entendiera el juego sucio, las reglas no escritas, y que tuviera los recursos para mover fichas sin que Gael lo supiera de inmediato.
Solo se me ocurrió un nombre: Sebastián.
Tomé el teléfono con manos que aún temblaban, pero con una determinación nueva. Busqué su contacto. Gael me lo había dado "por si necesitaba algo". Nunca pensé que sería para esto.
Contestó al tercer tono, su voz profesional y distante, como siempre.
—Señorita Viatrix. ¿En qué puedo ayudarla?
—Sebastián —dije, tratando de que mi voz no sonara a punto de quebrarse—. Necesito hablar con