Dormimos en el salón principal, sobre un sofá enorme cubierto con sábanas y mantas que Gael encontró en un estante. Él improvisó e hizo una especie de cama para nosotros. Gael no quiso ir a ninguna de las habitaciones de arriba. Dijo que el polvo le cerraría la garganta. Yo creo que los malos recuerdos también.
Me envolvió con sus brazos, uno debajo de mi cabeza, el otro alrededor de mi cintura, pegándome a su pecho como si temiera que me fuera a esfumar en la noche. Yo me acurruqué allí, escuchando el latido constante de su corazón contra mi oreja. Era un sonido extrañamente tranquilizador en medio de toda esa oscuridad fría. No hablamos. No hacía falta. El cansancio y la crudeza emocional del día nos vencieron rápido.
A la mañana siguiente, la luz gris del amanecer se colaba por los altos ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Gael ya estaba despierto, mirando las sábanas blancas que cubrían los muebles.
—Voy a vaciarla —dijo, su voz ronca por el sueño pero decid