Regresé a la casa con el peso de las palabras de Liana, colgando del cuello como un medallón de plomo. Gael estaba en el estudio, viendo algo en la pantalla de su computadora con esa concentración de halcón que lo caracterizaba.
Me sintió llegar. Siempre lo hace. Giró ligeramente la cabeza, sin apartar los ojos de la pantalla.
—¿Todo bien? —preguntó, su voz un ronroneo bajo que antes me hacía estremecer. Ahora solo me hacía apretar los dientes.
—Sí —mentí, demasiado rápido—. Solo cansada.
Él se quedó quieto un segundo. Luego apagó la pantalla y se giró completamente hacia mí. Sus ojos, esos ojos que parecían ver a través de la piel y los huesos, me recorrieron de arriba abajo.
—No pareces cansada —dijo, tranquilo—. Pareces… distante.
Me encogí de hombros, fingiendo interés en un cuadro abstracto de la pared que nunca había notado. No podía mirarlo. Si lo hacía, quizás la duda se me escaparía por la boca junto con las palabras envenenadas de Liana. ¿Qué pasó en Róterdam, Gael? ¿Q