Regresé a la casa con el peso de las palabras de Liana, colgando del cuello como un medallón de plomo. Gael estaba en el estudio, viendo algo en la pantalla de su computadora con esa concentración de halcón que lo caracterizaba.
Me sintió llegar. Siempre lo hace. Giró ligeramente la cabeza, sin apartar los ojos de la pantalla.
—¿Todo bien? —preguntó, su voz un ronroneo bajo que antes me hacía estremecer. Ahora solo me hacía apretar los dientes.
—Sí —mentí, demasiado rápido—. Solo cansada.
É