El auto no se detuvo en ningún hotel. No tomó el camino hacia la casa segura en las afueras. Cruzó la ciudad bajo la lluvia que comenzaba a caer, hacia el barrio antiguo de árboles grandes y casas señoriales. Reconocí el camino.
La casa de Gael.
Subimos los escalones del porche bajo la fina llovizna. Él abrió con su llave, un clic suave en la noche húmeda, y me hizo pasar con un gesto.
Crucé el umbral y, como la primera vez, el mundo exterior se desvaneció.
Afuera era caos, frío, el peso de la noche y de las mentiras. Adentro era… silencio. Paz. El aire olía igual que recordaba: a madera pulida, a libros viejos, a café y a algo indefiniblemente suyo. No encendió las luces del techo. Solo la lámpara de pie junto al sofá y el fuego bajo en la chimenea de piedra, que proyectaba un calor tenue y danzante sobre las paredes forradas de estanterías.
Me quedé de pie en el centro de la sala, sintiéndome una intrusa otra vez, pero de una manera distinta. Antes me sentí fuera de lugar por ser po