El amanecer llegó gris y silencioso, filtrándose por los ventanales altos de la sala. Me desperté en el sofá grande, con los huesos agarrotados pero la mente extrañamente clara. Una manta suave de lana gris me cubría hasta el mentón. No recordaba habérmela puesto.
Gael no estaba.
Me senté, frotándome los ojos. La casa estaba en calma, solo el suave crepitar de las brasas en la chimenea y el tictac lejano de un reloj en algún pasillo. Olía a café recién hecho y a limpieza.
Lo encontré en la c