55: El Pacto Doméstico

El amanecer llegó gris y silencioso, filtrándose por los ventanales altos de la sala. Me desperté en el sofá grande, con los huesos agarrotados pero la mente extrañamente clara. Una manta suave de lana gris me cubría hasta el mentón. No recordaba habérmela puesto.

Gael no estaba.

Me senté, frotándome los ojos. La casa estaba en calma, solo el suave crepitar de las brasas en la chimenea y el tictac lejano de un reloj en algún pasillo. Olía a café recién hecho y a limpieza.

Lo encontré en la cocina. De espaldas a mí, junto a la ventana que daba al jardín empapado. Jeans, una camiseta gris simple, los pies descalzos sobre la madera oscura. Con una taza de café entre las manos, parecía… normal. Joven. Como un hombre cualquiera en la mañana de un día cualquiera.

Se giró al escuchar mis pasos. Sus ojos, siempre tan intensos, me recorrieron de arriba abajo, buscando señales de la noche anterior. No dijo buenos días. Solo asintió hacia la cafetera.

—Café —dijo.

—Gracias.

Mientras serví
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