Las horas se arrastraron como gusanos bajo la piel. Damian no se movía de la ventana, vigilando la calle, la pistola siempre cerca, en la mesa o en su cintura. Yo me quedé sentada en el sofá blanco, inmóvil, pero mi mente trabajaba a toda velocidad.
Tenía que ser inteligente. Más que él. Y ahora sabía cómo.
—Déjame ir —dije, rompiendo el silencio cargado—. Gael me encontrará. Y cuando lo haga, te matará.
Él ni siquiera se giró.
—No me importa. Pero antes de morir, le contaré todo. Quién ere