Las seis de la tarde se acercaban como un verdugo. Mis cosas estaban empacadas en cuatro cajas de cartón tristes. Todo lo que tenía en el mundo cabía ahí: ropa, algunos libros, un par de fotos viejas, la taza que me regaló mi madre. Y la daga de Gael, escondida bajo una pila de suéteres.
Me senté en el piso, rodeada de cajas, sintiendo la humedad fría del concreto a través de mis jeans. Ya no tenía opción. La vergüenza ardía en mi garganta, pero el instinto de supervivencia era más fuerte. Sac