Las seis de la tarde se acercaban como un verdugo. Mis cosas estaban empacadas en cuatro cajas de cartón tristes. Todo lo que tenía en el mundo cabía ahí: ropa, algunos libros, un par de fotos viejas, la taza que me regaló mi madre. Y la daga de Gael, escondida bajo una pila de suéteres.
Me senté en el piso, rodeada de cajas, sintiendo la humedad fría del concreto a través de mis jeans. Ya no tenía opción. La vergüenza ardía en mi garganta, pero el instinto de supervivencia era más fuerte. Sacaría el teléfono. Llamaría a Gael. Le diría… no sé qué le diría. “Necesito un lugar donde caer muerta.” “Tu mano derecha no tiene dónde dormir.”
Antes de que pudiera marcarle, tocaron la puerta.
El casero. Puntual como la muerte.
Me levanté, respirando hondo para no llorar, y abrí.
No era el casero.
Era Damian.
Su rostro estaba pálido, los ojos inyectados en sangre, el pelo desordenado como si se hubiera estado jalando de él. Olía a whisky caro y a rabia fermentada. Renata le había hablado