Volver a mi departamento después de los días en Buenos Aires, fue como bajar de un tren en movimiento a toda velocidad y tratar de caminar sobre arena.
En mi apartamento todo olía igual como recordaba: a humedad, a café viejo, a polvo. Pero yo ya no olía igual. Yo olía a hotel caro, a sangre seca, a la colonia amaderada de Gael. Mi cuerpo recordaba sábanas de algodón egipcio y ahora rozaba el sofá desgastado cuyos resortes me clavaban en la cadera.
No había terminado de cerrar la puerta cuando la voz áspera me cortó el aire.
—¿Ahora sí se digna a aparecer?
El casero. Don Ramiro. Estaba plantado en el pasillo, con los brazos cruzados sobre su barriga, la boca torcida en un gesto de fastidio puro.
—Don Ramiro, yo—
—La renta. Ya van meses. Más el de este mes que empieza. Pague o se va. Ya le di demasiado tiempo, señorita. No soy una beneficencia.
Su tono era cortante, sin espacio para súplicas. Antes me habría sonrojado, habría bajado la mirada. Ahora sentí algo distinto: una fatiga prof