Volver a mi departamento después de los días en Buenos Aires, fue como bajar de un tren en movimiento a toda velocidad y tratar de caminar sobre arena.
En mi apartamento todo olía igual como recordaba: a humedad, a café viejo, a polvo. Pero yo ya no olía igual. Yo olía a hotel caro, a sangre seca, a la colonia amaderada de Gael. Mi cuerpo recordaba sábanas de algodón egipcio y ahora rozaba el sofá desgastado cuyos resortes me clavaban en la cadera.
No había terminado de cerrar la puerta cuando