Renata cruzó la calle con ese andar característico suyo que ahora me daba náuseas. Al llegar frente a mí, su rostro ya había adoptado esa expresión lastimera y preocupada que usó la primera vez que se presentó ante mí, en el café. Los ojos un poco más grandes, el ceño ligeramente fruncido.
—Viatrix, cielos, estás pálida. ¿Estás bien? He estado tan preocupada por—
No le di tiempo a terminar la frase. Saqué mi teléfono de un tirón, abrí la galería y le puse la pantalla a centímetros de su nariz