La puerta de la suite se cerró con un sonido suave y definitivo. Gael no dijo nada al principio. Solo me guió hacia el baño, encendió la luz brillante y abrió el botiquín de primeros auxilios con movimientos precisos.
—Siéntate —dijo, señalando el borde de la bañera.
Me senté. Él se arrodilló frente a mí, tomó mi mano herida y la examinó bajo la luz. El corte no era profundo, pero sangraba lo suficiente como para manchar el hueso de la daga y mi piel. Sentí un escalofrío al tenerlo tan cerca, a